¿Sócrates y desobediencia civil? (2019)

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Mauricio Pastrana Macías

El diálogo Critón, clasificado dentro de los primeros escritos por Platón, difiere mucho del resto que se conservan. Mientras que en diálogos como el Fedro o el Banquete se pone en práctica una mayéutica tradicional, con Sócrates guiando a los participantes, cuestionándolos, sin llegar a nada concreto; en este diálogo pareciera que Platón quiere presentar sin objeciones una conclusión: en Critón lo que importa es el resultado del razonamiento, aún más que el desarrollo de las premisas y los contraargumentos. ¿Pudiera ser que Platón quisiese entregar una guía sobre cómo actuar inmediatamente en el Estado? No es una sorpresa que Platón nos hable de cómo ser mejores ciudadanos, pero, ¿por qué en este diálogo parece todavía más seguro, diciéndonos incluso qué medidas tomar, al pie de la letra? Además, ¿por qué parece plantear posturas tan opuestas y al mismo tiempo tan afines? ¿Qué significado puede tener la lectura de este diálogo en el siglo XXI? Para responder estas preguntas es necesario hacer un recorrido por el diálogo, que puede ser leído muy brevemente debido a su extensión y claridad, que también es un rasgo característico de todos los que forman parte de su juventud.

Critón terminó sin palabras una vez que Sócrates le demostró, detallada y racionalmente, que huir de prisión sería un acto cobarde e incongruente; pero no solo eso, sino que hizo valer una de sus tesis más importantes, y quizá en torno a la cual gira todo el diálogo: “Someterse a las leyes es una obligación absoluta; es el deber”. Todo empieza en la Apología, cuando Platón nos muestra un Sócrates rebelde y opuesto a las leyes de Atenas, que solo es filósofo a condición de desconocer la constitución de aquel pueblo. Se le juzga por cometer actos que, a su parecer, y no sin argumentos, son puras conjeturas irracionales, resultado de un largo proceso mediante el cual Sócrates se ganó el descontento de algunos. El veredicto juega en su contra y, evidentemente, la ley es injusta. Después de aquello, y luego de hacernos creer a los lectores que el filósofo desprecia la ley de Atenas, Critón se acerca a Sócrates con la noticia de que su ejecución, pronta, puede evitarse, pero él rechaza tal posibilidad, diciendo que se trataría de una injusticia. Afirma, pues, una tesis secundaria importantísima: desobedecer las leyes es un acto injusto en sí mismo, aun cuando estas parezcan cuestionables y sean hechas por ciudadanos y gobernantes imperfectos. Los argumentos que utiliza son principalmente los que se refieren al deber incondicional del ciudadano por obedecer aquella misma constitución religiosa que le ha defendido desde que es niño. Es injusto, a su parecer, que “firmemos el contrato de las leyes” y después las desconozcamos; según él, tuvo la oportunidad de mudarse y de vivir en otra ciudad con diferentes leyes, pero el amor que sentía por su tierra de origen, no sin razones de por medio, eran más grandes que cualquier otra cosa. Es importante señalar que, para Sócrates, es irracional tenerle miedo a la muerte, y vergonzoso también; no podemos aparentar que sabemos algo que realmente no sabemos, y al tenerle miedo a la muerte estamos asumiendo que la muerte es un mal, cuando no podemos probarlo. Contrario a ello, opina que la muerte aparenta ser más un bien, ya que un sueño ininterrumpido y sin sensaciones es, a su parecer, un gran placer, de la misma manera que lo sería ir a un paraíso, donde los dioses son justos, y donde poseería la capacidad de hablar con aquellos a los que ya no tiene cerca.

No somos pocos los insatisfechos que no terminamos de entender la razón por la que Platón habría sido tan apegado a las leyes en este diálogo, luego de criticarlas severamente en otros del mismo tiempo. En Critón tenemos la imagen clara de un filósofo: alguien que actúa justamente, apegado a su razón y desinteresadamente, pero también la de un aparente antifilósofo, que reniega ante el rechazo de lo dado por defecto, aceptándolo como si se tratara de algo justificable. Sin embargo, ignoramos un asunto esencial: el contexto sociopolítico en el que se desarrolla esta historia y que dio cabida a que fuera escrita; y es que, aunque el ideal de Platón sobre el Estado perfecto incluía el obedecimiento incondicional de las leyes, que consideraba de una importancia más profunda y radical, un nuevo espíritu rodeaba a la Atenas de aquel entonces: el espíritu del rechazo a lo preestablecido, el comienzo del siglo IV a. C. Un posible relativismo inundaba las almas de los jóvenes (aunque Platón fuera joven también, sin olvidar que Sócrates, por el contrario, pasaba los últimos días de su vida). Aquella fue una de las obsesiones de los que podríamos llamar primeros filósofos políticos y sociales, que no paraban de poner en tema de discusión la trascendencia de lo humano, la importancia de la herencia moral, del modelo preestablecido de Estado. La fe cegada por los líderes y la figura de la polis como principio primero habían cesado. Por otra parte, somos testigos de cómo Platón vislumbraba el desmoronamiento de la democracia de su ciudad con una enorme tristeza, no volviéndola a ver jamás recuperada. La postura de Sócrates da máxima prioridad a la democracia, considerando las leyes como la máxima expresión de su presencia. Detrás de la desobediencia no había más que corrupción, que volvía imposible el surgimiento de un progreso que diera paso a una mejor democracia. Para estos dos filósofos, la justicia corresponde tanto al gobierno como al individuo, y aunque Sócrates reconocía perfectamente un fallo en el primero a la hora de su juicio, no quiso fomentar la injusticia siendo participe también en ella.

La política desde siempre ha sido un campo de batalla. La época contemporánea no es una excepción. Vivimos rodeados de mensajes políticos, que podemos decidir escuchar o ignorar, aplaudir o repudiar, aceptar, cuestionar o rechazar. En ellos, casi siempre se contraponen dos posturas a priori: el obedecimiento y la desobediencia, Sócrates y Critón. Estudiar los argumentos de Platón y conocer una figura antigua que atraviesa por uno de los problemas que ha pasado por muchas transformaciones, puede ser la clave para resolver mejor nuestros conflictos, o al menos para lograr entender con más precisión el funcionamiento de los conservadurismos, de la libertad y de las sociedades de herencia occidental. Hay quien incluso se atreve a afirmar que Sócrates y Critón no son exclusivamente dos posicionamientos políticos, sino dos conjuntos de valores que se anteponen en nosotros mismos, y que están presentes hasta en la toma de decisiones más mínima. Leer el ideal de debate que planteaba Platón hace 2500 años es un ejercicio, sin duda, de autoexploración, reflexión y también acción.