Síndrome de abstinencia

24 de diciembre de 2020

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Dibujos de Juan

(Img. 1) Uno de los dibujos de Juan

Cuando tienes 19 años, una de las cosas que te definen es la inexperiencia. Esa inexperiencia incluye una ingenua sensación de seguridad ante el mundo. Recuerdo haberme reunido con un sujeto de Grindr con el que solo había hablado dos o tres veces por chat, se veía buena onda y hacía dibujos en Paint y Power Point (ver img. 1). La primera vez que fui fue extraño, porque no me abría y dejó de responder mis mensajes y llamadas; pero cuando estaba a punto de marcharme, se conectó y me dijo que pasara. Vivía en un pequeño cuarto de una vecindad al oriente de la ciudad. Seguro que la renta era barata, pero el espacio parecía cómodo. En lugar de sillones tenía cojines en el suelo, una mesa pequeña con una Mac y una más grande con papeles y materiales de arte, se veía acogedor. Él tenía 26, si no me equivoco.

En persona era muy atractivo, tenía una nariz grande y bastante imponente; medía 1.75 –más o menos–, su cabello era como si lo hubiera rapado y le hubiera crecido un poco, y tenía la barbilla partida. Llevaba una camiseta tie-dye rosada que decía “bong” en lugar de Boing (los jugos), y un short color gris con tenis Converse. Pongámosle de apodo Juan. Al sentarnos, lo primero que hice fue sacar mi pipa de mariguana y ofrecerle unos fumes. Yo solo me di uno para estar “alerta”, aunque ahora mismo me parece descabellado el simple hecho de haber ido a la casa de un extraño. Estuvimos platicando de varias cosas, pero sobre todo conociéndonos. Estudió tres carreras siendo foráneo, de las cuales ninguna terminó. Era de Michoacán y estaba en Guadalajara solo por su tratamiento psiquiátrico, pues padecía despersonalización, depresión y ansiedad. Trató de explicarme lo que sentía. Recuerdo que se tomaba las piernas mientras estábamos en los cojines, era una de esas personas ansiosas que no podía estar quieta, pero los gestos de su rostro y su voz transmitían tranquilidad, creando un contraste que pronto lo caracterizó. Escuchamos Art Angels de Grimes en su iPad, luego leímos unos fanzines de cuando estudiaba Artes: la mayoría con temática de sexo. Después de platicar unas horas nos despedimos. No recuerdo si yo esperaba sexo, pero me pareció muy gratificante conocerlo.

La siguiente vez que nos quedamos de ver lo olvidó, supo que estaba afuera de su casa porque le marqué. Se sacó de pedo pero me dijo que me pasara, a pesar de mi insistencia de irme a mi casa. Esta vez llevaba camisa, fajo, zapatos y perfume. Parecía otra persona. Se sentó en la silla plegable de su mesa grande porque estaba tallando una figura. Mientras lo hacía, noté que su mano temblaba intensamente. Su mirada parecía ansiosa también, y apenas hablaba cuando yo le decía algo. Insistí, ¿debería irme? A lo que él me dijo que no, que mi compañía le ayudaría. ¿Ayudarte cómo? “Estuve una semana fumando criko y tengo mucho síndrome de abstinencia”. Me ondeó mucho saber eso, aunque ya me había dicho que le hacía a las metas. No sabía si debía platicar con él, ayudarle o qué hacer. Me dijo que no tenía dinero para comer, y se negó a que fuéramos a la tienda a que le comprara algo. Juan me gustaba mucho. Sabía que no era la clase de persona que tendría una relación conmigo, pero igual quería establecer una conexión emocional con él, sentir su contacto físico –no necesariamente sexual–. Supe que su pseudónimo era F40.10, pero no descubrí sino meses después que era una referencia al Manual de enfermedades mentales. F40.10 es la continuación de los trastornos de ansiedad.

Fumé criko una semana entera, ¿ahora qué?

Su mirada estaba vacía. Eran escasos los sentimientos que lograba transmitir con su rostro. Parecía que le hubieran sacado todo rastro de humano dentro y solo se hubiera quedado un robot controlando su cuerpo. Cuando hacía una broma, él sabía que era gracioso, pero no se reía; cuando le decía algo simpático, tampoco sonreía naturalmente. No podía sentir nada. Era como si la sustancia hubiera exprimido sus neurotransmisores hasta dejarlo en blanco. “Esto es lo peor del mundo. Nunca consumas metas”. Hoy, puedo decir que –tristemente– conozco esa sensación. Nunca me he metido cristal, pero he abusado de otras sustancias y tocado fondo. Vacío. Es una impotencia sólida. Algo dentro de ti impide que sientas motivación alguna por hacer cosas, incluso hablar de lo que te sucede. Solo quieres estar a solas con tu mente, descansar, hacer que los pensamientos desagradables sean más sobrellevables. ¿Qué puedes hacer? Esperar. Dejar que tu cerebro se desacostumbre de los procesos químicos a los que lo sometiste. Vas a volver a ser tú, te lo prometo. Todas las sustancias que modifican tu configuración mental están condenadas a ser desagradables, en mayor o menor medida. TODAS. Incluso el azúcar.

Dibujos de Juan

(Img. 2) La figura que talló Juan mientras se sentía vacío por dentro

Final triste =(

Después de vernos esa vez nunca volvimos a salir, pues a las dos semanas me dijo que se había regresado a su pueblo. Una vez hablamos por videollamada y me confesó algo que me dejó atónito, pero que al mismo tiempo me ayudó a conectar toda su historia: tenía VIH. Me dijo que llevaba un año sin tomar sus antirretrovirales, ya que había decidido que ya no quería vivir, pero no me quiso explicar nada más. Creo que no estaba muy bien de salud. Un par de veces más me contó cómo estaba, en mensajes largos que cada vez entiendo mejor. Life is so fucked up for some of us, queer people.

Ya no he vuelto a saber nada de ti ni tengo forma de contactarte, pero espero que donde quiera que estés estés mejor. Quiero que sepas que has sido una de las más grandes inspiraciones en mi vida, por más efímero que haya sido nuestro encuentro. Te quiero mucho y jamás te olvidaré.